La migaja de pan de centeno que inspiró a Gerard Richter

Gerard camina por el espacio vacío de una gran bodega. Su sombra, tenue y opaca, no duda en perseguirlo. De repente, una voz femenina le sacude la memoria. ¿Recuerdas las paredes descascaradas de tu estudio? ¿Aquel garaje enmohecido por el efecto de la lluvia? Tus pies sentían el frío cruel que produce el suelo en hormigón. Aún así, pintabas, como pintas hoy, pero vestido de negro en aquel remedo de overol.

En su mente aparece Sabine con su atuendo soso de los años noventa, la luz triangular que reposa sobre su cuello blanco, la moña azul oscuro sosteniéndole el pelo y la mirada atenta que recae en diagonal sobre lo que parece ser una revista o un periódico. El fondo de la imagen es de color Granate y su título The Reading.   

Día tras día G toma café, de manera autómata, como si fuera un requisito laboral. En medio de sus ensoñaciones, del diálogo consigo mismo y del ir y venir de las voces que lo alientan a lijar, emerge una idea. Tiene que ver con las boronas de pan que cayeron al suelo en la mañana y que, por distracción y desidia, olvidó barrer. Una de ellas es de color crema suave, como pintada con una porción mínima de marrón y de siena, con hoyos levemente más oscuros. Otra, más grande, convive todavía con una semilla de sésamo que le cuelga, tostada, brillante y cobriza como las tuberías viejas. La incidencia de la luz rescata, en una tercera migaja, un viso rosa muy claro como el de las pastillas para la gripe. El piso, de color gris casi blanco y una atmósfera invisible azul, sirve de telón de fondo. Se convence de que el pan y la pintura tienen algo que ver.

Va en busca de un diccionario y lee en voz alta: “La masa madre es una mezcla fundamentalmente de harina y agua, habitualmente en proporciones similares, en la que se propicia la reproducción de las bacterias o levaduras que de forma natural se encuentran dispersas en el ambiente.” Entonces confunde esa imagen mental, de tono enciclopédico, con los hongos vivos que invaden el fondo de sus latas de pintura. Se convence de que ha cultivado en ellas, sin proponérselo, unos colores y microbios que son la base constante de su obra pictórica. Revive la euforia íntima que lo hace pintar.  

Su cuerpo va y viene. Raspa allí, frota allá. Hecha más blanco y empastela la superficie. Reserva la mancha aguada del inicio. Combate la ansiedad limpiando los pinceles. Al cabo de unas horas retira una cinta que había adherido a la tela. Enmascara su vida y se aleja de la escena. Su sombra, tenue y opaca, no duda en perseguirlo. 

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