Bogotá
Un día de junio (de cualquier junio)
Ciudad

 

A pesar de la distancia quería contarte lo siguiente: las cosas no andan nada bien. La gente está saliendo a las calles a protestar sin importar las consecuencias. Protestan porque les imponen formas de pensamiento, porque las riquezas permanecen en manos de aquellos que menos las necesitan, y porque, a lo que menos se le destina energía, es al bienestar real y sostenible de la sociedad.  Es evidente que se ha perdido la fe en las instituciones, en la fuerza pública y en los partidos políticos. A cambio todos se refugian en sus creencias espirituales o en la terquedad propia del hastío. Hay desazón, hay angustia y mucha intolerancia. La humanidad, en todas sus esferas, parece estar al servicio de los más radicales y sus verdades absolutas. Estamos a la deriva.

Te cuento esto desde la comodidad de mi hogar. Ese apartamento en un cuarto piso con la vista parcial a la montaña, al parque y a un edificio residencial. Allí en donde decidí vivir y trabajar a la vez. En parte para reducir gastos pero también porque considero que el arte toma su mejor forma desde la cotidianidad. Incluso te confieso que a veces me cuesta diferenciar lo uno de lo otro, el arte de la vida real. Vivo inmerso entre ideas y voces que a veces se materializan y otras veces no. Mientras tanto muchos artistas se han convertido en los observadores de lo obvio. Todos repiten aquello que es evidente: el mundo es una mierda. Basta leer los periódicos, escuchar las noticias o salir a la calle, para darse cuenta. Por eso también he dudado que lo que yo hago sea necesariamente arte. Porque aunque a mi me gusta verlo como un acto de resistencia ante el desasosiego y la profunda crisis generalizada que vive la humanidad, puede que no sea sino el resultado de una existencia aburrida, mediocre y sin emociones.

Lo cierto es que entre tanto malestar decidí llevar a cabo una acción minúscula: ver un día pasar. Entonces puse la alarma a las 11:40 de la noche, me levanté y luego me bañé. A las 0:00 estaba sentado al frente de la ventana viendo hacia el exterior, mirando el cielo, chequeando cómo el celador de turno intentaba ahuyentar el frío y cómo las luces públicas se resistían al embate de la noche. Así, durante las siguientes 24 horas. Entonces los colores van cambiando gradualmente junto con la temperatura. La gente sale y entra, va y viene. Me sentí lo más parecido a como se debe sentir una mascota encerrada en una casa. Incluso por momentos me dio mucho sueño y cerré los ojos por largos minutos. También comí lo necesario. Extrañé bastante mi computador, los libros de mi biblioteca y poder hablar con alguien. En cambio, deambulé constantemente entre mis pensamientos. Supongo que fue un día aburrido ya que el tiempo se hace eterno. ¿Sabes?  Creo que estamos muy acostumbrados a ocuparnos. Y eso nos impide asistir realmente a lo que llamamos vida. Preferimos correr antes que caminar y trabajar antes que vivir. Y en eso se nos van los años. Pero supongo que valió la pena. Tanto como un método científico para entender mejor el mundo como para quejarme silenciosamente ante lo absurdo que se ha vuelto todo.

Creo que tú no lo hubieras soportado y hasta probablemente hubieras desistido. Lo digo porque te conozco y sé que ya no tienes la paciencia ni la motivación que te caracterizaba antes. También sé que has perdido la fe en la humanidad. Y lo entiendo. No vamos a ningún lado. Es evidente. Por eso yo por mi lado me contento en creer que cada cosa inútil que pasa por mi cabeza significa algo, y que como tal, debo atender ese llamado.  No siendo más, te deseo mucha suerte con lo que sigue. Abandónate a los recuerdos.

Pd.: No te sientas obligado a responderme. Al igual que tú, también aprecio mucho el silencio.

Att.: 

Daniel Salamanca Núñez