Leer un libro, visitar un museo

“Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía”. Con esa implacable afirmación comienza la novela de Orhan Pamuk El Museo de la Inocencia. Luego vienen seiscientas cuarenta páginas de todo aquello que, al parecer, no lo fue.

Este libro narra la historia de Kemal, un joven de buena familia, perteneciente a las clases altas de Estambul (Turquía), y quien, estando comprometido para casarse, tiene una aventura con una pariente lejana llamada Füsun. Ella, a diferencia de él, es pobre y no pertenece a su mismo círculo social. Hasta ahí, lo sé, parece una telenovela. Curiosamente esa es la estructura básica de este relato. Kemal termina cancelando su matrimonio, alejándose de su familia, de sus amigos, de sus negocios, y destina todo su tiempo y energía a intentar, por todos los medios, acercarse de nuevo a Füsun. Tarea que le toma más de ocho años de su vida en los que lo único que le devuelve el alma al cuerpo, y lo hace sentir bien ante las negativas de ésta, es coleccionar, o mejor, tomar prestados, infinidad de objetos que le recuerdan a ella. Una obsesión amorosa que el autor lleva hasta el extremo, haciéndonos sentir angustia, hastío y desasosiego. Dicho de otra forma: la tragedia griega en su versión contemporánea.

De esto, de esta agobiante lectura, van a ser casi cinco años. La terminé en unas vacaciones de Diciembre, menos mal, frente al mar. Al terminar, abrumado, mi primera sensación fue que acababa de leer una novela demasiado larga, demasiado repetitiva y demasiado obsesiva. Recuerdo sentir que esa obstinación del personaje por revivir aquel instante de felicidad me parecía sumamente inverosímil e improbable. Pero el personaje construido lenta y rigurosamente por el autor termina siendo genuino. Entonces se va decantando la mirada intensa de un coleccionista de momentos, de objetos, de recuerdos y de sensaciones. Casi como un viajero que en su ambición por conocer el mundo termina sepultado entre una multitud de souvenirs. Todo, impecablemente resuelto bajo la prosa fluida de este premio Nobel que lo va convenciendo a uno de que el amor es capaz de transformarlo y destruirlo todo.

Aparte, en ese trasegar intenso de Kemal por las entrañas de su corazón y mente, el autor siempre deja un salvavidas: la ciudad de Estambul. Porque a medida que el protagonista avanza, y llega al fondo de sí mismo, se nos va presentado la última ciudad de Europa y la primera de Asia.

Un lugar único que ha visto como occidente corroe poco a poco a oriente hasta convertirse en dos ciudades en una. Y esa evolución social, religiosa y cultural subyace continuamente a lo largo de la novela. Dicho de otra forma es un escrito a dos tiempos. El tiempo largo y parsimonioso del amor frente al tiempo apabullante y vertiginoso de la ciudad.

Eso es en esencia este libro, del cual no estaría hablando si no fuera por otra gran razón: hablo de que Pamuk, tal vez no satisfecho con escribir de puño y letra esta gran obra, o recordando sus inicios tempranos en la pintura (que abandonaría para ser escritor), se dio también a la tarea de construir el museo. Uno de carne y hueso, o mejor, de ladrillos, madera y hormigón. Una casa de fachada roja aledaña a la calle Çukur Cuma en el barrio del mismo nombre. Tres pisos acondicionados para resguardar no sólo los miles de objetos que acompañaban la historia -entre esos todos los cigarrillos que se fumó Füsun- sino decenas de pequeños gabinetes de curiosidades que bien podría envidiar un artista como Joseph Cornell. En ellos se narran, a través de fotografías, recortes, mapas, collages, sonidos y videos, ciertos capítulos esenciales del libro. Uno de los que más recuerdo es un mapa en blanco y negro donde están sobrepuestas pequeñas figurillas a color, de una mujer, o mejor, del fantasma que Kemal creía ver en todas partes cada vez que deambulaba absorto en sus pensamientos por las calles de Estambul. En las barandas que sostienen las escaleras, que son a la vez vitrinas, se cuentan teteras, cucharas, tenedores, utensilios, platos, porcelanas y demás curiosidades que el protagonista tomaba en la casa de los padres de su amor imposible. Y en el último piso, como apéndice, se recrea el cuarto donde al final muere agobiado. Esto al lado de todo el manuscrito y bocetos hechos por el autor, que junto con una retícula de cartuchos de tinta vacíos, corroboran el periplo de escribir y pensar esta obra. Una combinación alucinante entre arte y literatura.

Los dejo entonces, sin muchos más preámbulos, con la curiosidad que implica leer el comienzo de cualquier historia: “El 26 de mayo de 1975, lunes, hubo un instante, hacia las tres menos cuarto, en el que pareció que, de la misma forma que nos liberamos de nuestras culpas, pecados, penas y remordimientos, también nos liberamos de las leyes de la gravedad y el tiempo en el mundo. Besé el hombro de Füsun, sudoroso por el calor y el sexo, la abracé lentamente, entré en ella y le mordí ligeramente la oreja izquierda, cuando de súbito el pendiente que llevaba pareció quedarse detenido en el aire durante largo rato y luego cayó por su propio peso… Fuera lucía ese cielo resplandeciente tan característico de Estambul en los días de primavera.”

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