El miedo en forma de caja

Te cuento que ayer llegó a casa el recibo de la energía cuyo desprendible viene a nombre del propietario del inmueble en donde vives y por el cual pagas una renta. El papel y los colores son lindos. Y aunque la información es diminuta está bien organizada dentro de unos recuadros de puntas redondeadas. Hoy, seguramente también llegará la factura del agua y mañana, con certeza, la del servicio de red inalámbrica. En una semana se terminarán los huevos o el pan, tal vez el aceite o los tomates. Entonces deberás hacer el mercado del mes o de la quincena siguiente. Esperarás a tener suficiente hambre para ser presa del llamado inconsciente de las góndolas. El miércoles será tu turno de lavar la ropa. Un trámite que implica tomar el canasto, sacar la gran bola de prendas indistintas, insertarla en la boca redonda de la lavadora y poner el detergente. Luego accionarás la perilla, calcularás un tiempo prudente y te irás. Volverás a casa luego de ocho horas laborales para colgar todo en el tendedero y esperar a que se seque pronto.

Desde la ventana del transporte público, ya de vuelta y en medio del tráfico, no alcanzarás a percibir cómo el naranja de la polución se funde con el violeta fúnebre de los martes. Verás, en cambio, turbas de gente concentrada en no morir de intolerancia. Abrirás la puerta del 404 y te preguntarás por tu almuerzo del día siguiente. Serás consciente que debes prepararlo y meterlo en un contenedor de plástico. Sentirás el peso del día, o mejor, el cúmulo de las tareas pendientes tensando poco a poco tu cuello. Entonces aparecerá un perro que te mira fijamente con su cara volteada hacia un costado. A pesar del cariño que te tiene, no bate la cola. Debe concentrarse para no orinar. Mueve tu alma en pena humano desdichado y llévame pronto al bloque de pasto en medio del andén, a tres calles de acá: pensará el perro. Lo que no advertirá, por estar tan concentrado, es que llueve, que llueve tanto que todos los carros se han estrellado en la avenida.

Eso no importa porque igual pronto te verás tomando la sombrilla a la que le faltan dos varillas, colgándole la correa al perro y saliendo de nuevo a la calle, en medio del cansancio y la tormenta. Una vez en el pasto éste hará pipí, como si no hubiera un mañana. Se demorará, plácido y entusiasmado, en medio del aguacero. Decidirá, de repente, en su alegría, también hacer popó. Verás sus pequeños músculos en tensión, tembleques. Es un perro apasionado. Finalmente volverá a batir la cola mientras tú te agachas a recoger su mierda. Te mojarás más. La sombrilla perderá una tercera varilla y tomará la forma de un para-rayos y ya no de un para-aguas. Da igual. Sin querer, te untarás la mano de excrementos. Él se moverá frenéticamente como si disfrutara del momento.

Al rato estarás de nuevo en el apartamento. Te lavarás las manos, luego los dientes. Harás pipí en el inodoro. Leerás un libro. Se te cerrarán los ojos. La luz permanecerá encendida. Recordarás tu trabajo. Te estresarás. Retomarás el libro. Te pesarán los párpados. Recordarás la carga en tu cuello. El yunque que resulta la vida. Vendrá a tu mente el trabajo, la incertidumbre laboral. Verás al perro durmiendo. Mirarás en la mesa lejana el recibo de la energía. Apagarás la luz. Oirás cómo las gotas retumban en la ventana. Temerás ser esclavo de un emprendimiento, del trabajo. De cualquier trabajo. Dormirás. Lloverá. Roncarás. Temerás. Te dará sed. Dormirás. Escucharás ruidos. Dormirás de nuevo. ¿Qué es eso? ¿Es una máquina del tiempo, no es así? Parece una máquina del tiempo. Eso parece una máquina del tiempo. Es una máquina del tiempo. Llévame contigo, llévame contigo. Esta máquina, esta máquina en mis piernas, no es una máquina del tiempo.

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