Exilios voluntarios

En el acto silencioso, y en apariencia inconsciente, de empacar una maleta, se esconden los rasgos distintivos de una persona y su forma de vivir y ver la vida.

Laura Huertas Millán es una artista colombiana que reside desde hace más de 10 años en Francia. Se graduó conmigo del Liceo Francés de Bogotá en el año 2001 y fue una de las alumnas más destacadas, por no decir, la mejor de la clase. Luego de cursar su carrera en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Paris, entró a una maestría en cine y arte contemporáneo en Le Fresnoy (Nord Pas de Calais) y actualmente hace un doctorado práctico en la universidad de investigación Paris sciences et lettres (PSL). Desde ese entonces nos hemos visto pocas veces pero las suficientes como para saber en qué anda cada cual. En sus visitas esporádicas a Bogotá siempre discutimos sobre los mismos temas: el arte, nuestra crianza, nuestras formas de hacer, nuestras posturas, la vida y la sociedad. Y aunque generalmente no coincidimos, nos guardamos un respeto mutuo que probablemente radica en el esfuerzo y valentía que implica elegir una carrera como el arte. Yo por mi parte admiro su trabajo, valoro la constancia académica que la caracteriza y recuerdo con mucho cariño y nostalgia, además de la escolaridad, su increíble capacidad para dibujar. Hoy en día el grueso de su trabajo es audiovisual y gira entorno a esas partes no contadas de la historia. Una aguda mezcla entre el cine documental y los recursos narrativos propios del relato (Sea este escrito u oral).

Ana Judith Haugwitz también es una artista colombiana que vivió alrededor de 6 años en Munich y que actualmente reside en Zurich. Con ella me crucé tan solo en los primeros semestres de la universidad. Con el tiempo y la distancia, ambos entendimos que habíamos elegido caminos similares, pero en contextos muy distintos. Por eso hace poco y aprovechando que estaba en Bogotá realizando -entre otras cosas- un proyecto de educación con la Universidad de los Andes, nos tomamos una cerveza y recordamos porqué habíamos elegido hacer lo que hacemos. Gran parte de su trabajo es escultórico y a mi me hace pensar particularmente en el lado bello de lo feo. En la importancia que pueden tomar las cosas cuando son voluminosas y “matéricas”, o simplemente cuando son ensambladas con otras. Como a Laura, también la admiro. Por cierta irreverencia, por el desparpajo, por no tomarse todo tan en serio y porque asumió el mismo reto: hacer arte. Y bien, aprovechando este espacio, y con el ánimo de poder tener una visión directa del exilio voluntario de ambas, quise invitarlas a que escribieran “algo”. Lo que fuera, que de una u otra forma, respondiera o reflexionara transversalmente a una serie de preguntas ligadas a la partida del país natal, al hecho de hacer carrera en el exterior, a su visión del arte en Colombia y a su posición como artistas y personas, entre muchas otras cosas. En un ejercicio libre, y que da cuenta de lo que implica hacer una maleta para no volver en un buen tiempo, ambas me concedieron las siguientes palabras.

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Laura Huertas
Cuando me fui de Colombia el arte era una nebulosa, algo a la vez familiar (soy hija de artistas) y a la vez un salto hacia lo desconocido. Tenía una idea del arte en Francia muy romántica, inclusive cursi, algo así como la película sobre Camille Claudel. Me imaginaba que iba a terminar en París haciendo esculturas y viviendo en cuartos con goteras y aguantando frío.

Hoy en día después de haber aguantado bastante frío, aparta-cuartos y algunas goteras, no tengo sin embargo la misma visión, aunque sí sigo siendo idealista y algo cursi... Sigo considerando que el "arte" es algo que no depende estrictamente de un medio, ni de un lenguaje, ni de un mercado, sino que es un espacio en donde reinan la sensibilidad y los afectos y en el cual estos últimos van creando armazones, arquitecturas, sistemas de pensamiento y de visión. También sigo pensando que el arte lo pone a uno en comunicación con cosas reprimidas o que conscientemente no formulamos, incluso visiones e imágenes que no vienen de uno. Esa convicción fue la que me llevó hacia el cine o el formato fílmico, el deseo de la construcción de un mundo de quimeras o ficciones que conlleven al viaje, y que estimulen lo imaginario. Me gusta pensar que el arte es un espacio psicotrópico a partir del cual se razona o se articula lo cotidiano, o la política, o la Historia. Tal vez por esta razón lo que defino como "arte" excede ampliamente el espacio de los museos o de las galerías.

Del arte en Colombia, y el más actual, no sé mucho. Las puertas de entrada que he tenido hacia ese medio tan solo son mis amigos, familiares, o gente cercana de la cual conozco el trabajo. Esa red de afectos me ha hecho conocer algunas prácticas individuales que admiro, o que me pueden parecer inspiradoras, pero siento que desde mi posición de expatriada no es válido emitir un juicio sobre el medio del arte en Colombia, ya que no tengo acceso a una visión interna ni generalizada.

Estudiar y trabajar por fuera... La verdad nunca he trabajado "por dentro", y todos mis estudios universitarios los hice en Francia, entonces no tengo un punto de comparación... Lo que sé es que la noción de "adentro" y de "afuera" cambió, siempre estoy en ambos espacios al mismo tiempo. Francia es mi país de adopción y me siento también francesa por momentos y luego no, y cuando me voy, hay personas y lugares que me hacen falta, igual que Colombia en resumidas cuentas. Entre más pasa el tiempo más consciente soy de que mi presencia en Francia responde tanto a un conjunto de circunstancias que a una suma de esfuerzos personales. Estar lejos de mi familia y de mi cultura "natal" ha sido por momentos difícil y la experiencia del desarraigo es dura, pero al mismo tiempo he tenido un enorme espacio de libertad y de construcción personal. Le verdad me es imposible evaluar lo "positivo" y lo "negativo" porque llevo 11 años acá, y finalmente mi vida en Francia ha sido como la vida de cualquier otro adulto joven, una construcción hacia una cierta autonomía, económica, afectiva, etc. Incluso los momentos más difíciles (momentos en los cuales por X o Y circunstancias me he encontrado sin casa, o papeles, o sin plata para comer, etc.) me han obligado a responsabilizarme, y a implicarme más en mi propio trabajo. Eso sí, para salir adelante he hecho todo tipo de trabajos tediosos como limpiar casas, pegar afiches, cuidar niños; con el tiempo los trabajos que salen ya son más tranquilos, editar videos, hacer investigaciones o dictar clases, etc. También he aprendido a quejarme menos, será por eso que me cuesta hablar de lo negativo, y que veo todo ese proceso como una especie de camino digamos iniciático? Se aprende...

La idea de statement artístico es para mí un tanto contradictoria. Creo que me interesan poco los artistas que hacen una sola cosa, que tienen una fórmula: "yo hago tal cosa". Pero ha sido cuando me ha tocado hacer ejercicios de portafolio y de statement, que me he dado cuenta de que trabajar el formato del film ha sido una manera para mí de pensar y de prolongar la experiencia del viaje, de cuestionarla o de transmitirla. De hecho la decisión de dedicarme al video específicamente surgió de un viaje de intercambio a China durante el cual me dí cuenta que ese formato me permitía una gran autonomía, que no dependía de nadie que me ayudara a cargar o transportar obras, y que por ende, se adaptaba a un cierto nomadismo. Más que el hecho de haber emigrado, lo que alimenta mi práctica hoy en día es la experiencia del viaje... Y para mí el cine es un espacio sensorial y reflexivo en el cual se viaja, algo así como la droga, finalmente. El cine lo pone a uno frente a lo desconocido y le da la posibilidad de vivir presentes alternativos de manera sensorial y reflexiva, y tal vez por mi propia experiencia del viaje tiendo cada vez más hacia ese formato.

Colombia está siempre presente en mi trabajo. Es como un centro de gravedad. Mis proyectos futuros serán filmados en Colombia, quiero construir narrativas allá. La relación que tengo con Colombia es algo sumamente íntimo, como si el lugar de donde vengo fuera una ficción que protejo con mucho cuidado y que alimento con imágenes. Creo que no pretendo hablar de la situación política o social en Colombia de manera directa ni tampoco criticarla. Mi trabajo se concentra mucho en la tensión entre lo que recuerdo de mi país natal y lo que me imagino recordar de él, y me he dado cuenta de que me siento más cercana de la ficción que de la realidad. Y luego, si tengo una memoria "falsa", "no verídica" de donde vengo, de dónde vienen entonces esas imágenes? Esa cuestión me interesa de sobremanera, me hace pensar en el personaje del futuro del que habla Chris Marker en Sans Soleil, un humano que ya no puede olvidar y se pone a sentir nostalgia del olvido... Será que el olvido es una manera de abrirle espacio a otra cosa, el recuerdo de algo más "universal" y por ende colectivo que sería la nostalgia o una forma de memoria colectiva? La cuestión del inconsciente colectivo, del arquetipo, de las imágenes o historias tan ancladas en uno mismo que ya ni se sabe cuál es su origen, son temas que me apasionan y que habitan mis trabajos de manera casi obsesiva. Colombia también vuelve permanentemente en mis ficciones, pero tal vez si viviera en allá no sería así... Es porque es una especie de amor imposible o platónico que sigo tan apegada a esa imagen, que sigue suscitando mi deseo. Y tal vez por eso la posibilidad de vivir allá no me atrae tanto... Me gustaría seguir entre allá y acá un poco, o en otra parte, no estar en un lugar definido.

Por ejemplo me atrae muchísimo una ciudad como Los Angeles. Sé que esto puede hacer gritar a más de uno, y que no es políticamente correcto cuando se es artista latinoamericano decir que se anhela vivir entre los gringos. Pero así es en mi caso, es una ciudad que me parece tan llena de ficciones, de imágenes, de historia del cine, que me hace soñar... O también me gustaría por ejemplo ir a Johannesburgo, o a Rio de Janeiro, o a ciudad de México... Me llaman la atención las megalópolis, las ciudades monstruo, donde cohabitan culturas y personas extremadamente variadas y diferentes. Odio las ciudades pequeñas, es muy snob decirlo, pero me angustia de sobremanera las comunidades cerradas donde la gente se vigila y se parece entre sí.

Me considero de Colombia, de Bogotá en particular y luego de Francia también. Del mundo no tanto, porque sería un poco arrogante ir pensando que uno está en su casa en cualquier parte.

Aequador, mi última pelicula/ cortometraje/ video / instalación ( cualquiera de las 3 funciona) fue rodado en Colombia, y es como una síntesis de todo esto de lo cual he hablado en esta entrevista, la experiencia del viaje, el retorno al país natal, la presencia de Colombia etc. La película fue escrita, financiada y post-producida en Francia, y rodada en Colombia. El centro del proyecto fue ese rodaje en Colombia. Cómo crear imágenes siendo que ya no vivo allá, y que no puedo pretender conocerlo todo desde adentro... Pero tampoco soy una turista cualquiera... Por eso la película trata de un lugar que parece real, pero que es de hecho una mera ficción, un arquetipo tropical que no tiene tanto que ver con el contexto específico de Colombia, sino con la idea generalizada que se tiene del trópico, de su naturaleza, etc., con una interferencia fuerte (dialéctica) de lo vernáculo. Este proyecto claramente utiliza el género de la ciencia-ficción para descontextualizar todo tipo de mensaje local, es más una alegoría que un documental: "una ficción permite captar la realidad y lo que ella oculta" (Marcel Brodthaers).

Para mí el arte no es traducible en el sentido en que debería hablar por sí mismo. No estoy diciendo que tiene que ser demagógico o didáctico, sino que lo que uno hace debe existir tal cual sin explicaciones y en lo que a mí respecta, es muy importante decirme que potencialmente cualquier persona tiene acceso a lo que quiero transmitir, si solamente ese espectador me concede un poco de su tiempo, escucha y buena voluntad. Ahora, muchas personas me dicen que mi trabajo les es incomprensible u opaco, lo cual me desconcierta a veces, ya que paso mucho tiempo en su elaboración y ejerciendo una suma de decisiones para materializar o volver visible lo que voy buscando. Considero mi trabajo en términos de inclusión y jamás de exclusión, no me dirijo a priori a un público particularmente cultivado; que guste, o no, es otra cuestión que no depende de mí.

Me defino simplemente, y genéricamente, como artista. Esa apelación me da suficiente margen para hacer lo que se "me venga en gana". Puedo hacer películas de "artista", exposiciones de "artista", música de "artista". En términos artísticos, por ahora hago principalmente films, pero bueno, no sé bien hacia donde me lleve todo eso, si algún día haré sólo películas o al contrario sólo instalaciones. Creo que es bueno no definirse demasiado y más bien dejarse llevar por el deseo de hacer las cosas y sobre todo estar atento a la propia sensibilidad, es más, ponerla en el centro de la propia existencia. Y esta pregunta tiene que ver con la siguiente, puesto que me parece que el declararse artista es una posición política, puesto que uno está produciendo permanente una serie de obras que serán vistas en un espacio social (galería, museo, sala de cine). Para mí todo arte se inscribe en lo político, de manera directa o por extensión.

No sé exactamente qué defiendo en particular. Hay cosas que no soporto y me baso en eso para ir tomando partido o posición. No soporto por ejemplo el machismo, ni la falta de pluralismo en la economía, la cultura, la política o lo que sea, tampoco soporto el racismo ni la intolerancia ni la homofobia, me chocan las diferencias sociales abismales o el cinismo de las clases dirigentes, soporto mal el chauvinismo, el patriotismo y el pretexto de la guerra como solución a problemas políticos y sociales endémicos. Escribiendo esto me da la impresión de nombrar una serie de lugares comunes, pero a diario, pareciera que todo esto no fuera tan evidente, ni tan claro, en nuestros sistemas políticos o económicos...

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Ana Judith Haugwitz

Llegué a Europa el 8 de octubre de 2003. Tras 4 semestres de artes visuales en Bogotá, decidí que la Academia de Artes de Munich (Akademie der Bildenden Künste) era el lugar para mi. Ahí estudié escultura en la clase de Hermann Pitz. Aunque en teoría podría haberme graduado después de 8 semestres, me quede 13 que es el límite y si me lo hubieran permitido, me hubiera quedado más. Die Akademie, como se le conoce, es un espacio en el que se tiene la libertad absoluta para explorar y experimentar, sin notas ni cursos obligatorios. Talleres de plástico, metal, todos los grabados, carpintería, bronce sumado a exposiciones anuales y subastas; Munich es el centro del arte del sur de Alemania. Está a 585,4 km de Berlín, 90,7 Kg de dióxido de carbono, 30 euros en carro compartido y 5 horas de camino por autopistas sin límite. Y es justo ahí donde se percibe cómo la frustración de un país rico y desarrollado se canaliza para convertirse en velocidad.

Cuando finalmente llegó la hora de hacer la tesis y salir a la vida real, con el Diploma en la mano, el título de Meiterschülerin, y un montón de esculturas tan grandes como yo, me pregunté si esa ciudad con fama deesnob era el lugar en donde quería seguir viviendo, y también si, aplicar a un par de becas, participar en concursos, y por supuesto, ganar para convertirme en un nombrecito de ese centro artístico tan importante, era mi camino. ¡NO! Abrí el atlas, cerré los ojos y dejé caer mi dedo índice sobre el libro: Suiza, más exactamente Zurich.

En realidad en 2007 cuando estuve de intercambio en la academia de artes de Praga, había conocido a uno de esos seres de nacionalidad indefinible: mitad austriaco mitad checo, que creció en Suiza y había aprendido español en Valencia, hablaba rumano por la exnovia, checo por la mamá, alemán porque sí, francés porque le tocaba, alemán suizo por que es lo que se habla en Suiza e italiano porque uno va a Ticino de vacaciones. Estudiaba nuevos medios pero ese mismo año se aburrió de los artistas y volvió a Zurich para hacer un doctorado en la industria farmacéutica (había estudiado Bioquímica y Neurociencias). Lo visité ahí un par de veces, conocí esa ciudad limpia, vieja, cosmopolita, con sus 376,008 habitantes (2011). Entonces un miércoles me desperté por la mañana en Munich y decidí que Zurich era el lugar donde quería vivir. Obviamente la noticia fue bien recibida por los amigos que ya había hecho en mis múltiples visitas.

Por esos días (2009) me habían invitado a participar en Raumfahrt der Burokraten, una exposición curada por Heike Jobst y Angela Stiegler en la estación central de trenes de Múnich. Ahí expuse Panorama, mi primera escultura después de graduarme y que unos meses después reconstruí para ArtBo. Viajaba entre Munich y Zurich, producía en una ciudad y en la otra, buscaba organizar mi nueva vida. En menos de un mes tenía un taller en una mansión que compartía con artistas, diseñadoras/res de modas y accesorios. La mansión estaba en uno de los barrios bien de Zurich, cerca del lago y de la estación de trenes Stadelhofen -construida en 1894 y convertida en vientre de una ballena en 1990 por Santiago Calatrava-. Cuando finalmente tuvimos que salir de la mansión ya que iban a tumbarla y construir un edificio elegante acorde al resto del barrio, empezó la peregrinación de taller en taller, y de estudio en estudio. Todos esos edificios con arriendos pagables están bajo amenaza de desaparecer. Todos sabemos que la dicha termina. Algunos se revelan y se unen a la cultura ocupa, tan presente en el país. Ocupan las calles, hacen fiestas ilegales en plazas públicas a las que asistimos todos y terminamos con las piernas moradas por los dardos de plástico disparados por policía.

La ciudad de los bancos intenta convertirse en un centro del arte y compite con Basilea y sus distintas ferias. Las grandes galerías y casas de subastas buscan en Zurich West hangares y espacios de paredes blancas perfectas para recibir a los coleccionistas internacionales. La ZhdK (Escuela de Artes de Zurich) está adaptando la fábrica de lácteos Tony a fábrica de artistas y diseñadores -porque aunque se ve muy profesional es difícil asegurar que esas instalaciones harán de los estudiantes seres más creativos-. Así sucesivamente, la ciudad que en el 2009 me cautivó por ser tan alternativa (que ingenuidad!), con el tiempo me ha demostrado que lo alternativo no es una necesidad, sino un estilo de vida. Los pobres (y los no tan pobres) tienen otras necesidades: plasma, ropa de H&M por kilos, electrodomésticos de plástico que imitan metal, comida en empaques lo menos transparentes posibles (preferiblemente azul o fucsia), vacaciones en Túnez o Turquía todo incluido, etc.

Desde el 2010 me empecé a pelear con la producción de obras, naturalmente he seguido trabajando, pero cada vez menos. Tras 3 meses como artista en residencia en Monterrey, México, empecé a cuestionarme qué tan lejos puedo llegar con los objetos, que por la naturaleza del lenguaje que se me permitió desarrollar en la academia, pocos entienden. Son formas herméticas e impenetrables. El arte es una forma de comunicación y quien será el receptor está definido por el lenguaje plástico. En Monterrey trabajé en Tampiquito, un barrio de oficios: carpinteros, herreros, costureras, tapiceros, etc., con quienes debía tener lugar un diálogo cuyo resultado sería un conjunto de esculturas que retrataban el trabajo local. Tratando de entablar esos diálogos me di cuenta de que yo era la única que entendía el idioma que hablaba, era la única que vivía en esa realidad. Por eso tuve que cambiar mis estrategias de comunicación, que transformaron mi trabajo de manera radical.

De repente fui consciente de que el arte de la academia es para unos pocos. Que el acto de contemplación de la obra de arte es un acto íntimo, que el ego del artista lo único que logra es alimentar las brechas y ampliar la imposibilidad de comunicación, y que finalmente (como ya desde hacia mucho lo sospechaba), no solo el arte que se vende tiene derecho a existir. Y aunque se siente bien que alguien compre la obra y le dé un valor, por lo menos al trabajo manual, se siente aún mejor cuando alguien se toma el trabajo de hacer una pregunta inteligente y reflexiva. Por eso, ya desde hace un rato el Performance y la cocina se han convertido en una parte esencial de mi trabajo. Tortas que se exponen y se reparten para celebrar la no-soledad, o interpretaciones de la comida de ciencia ficción se convierten en el centro del diálogo: cualquiera entiende como se siente en la boca una torta de tres pisos de amapola con limón, servida en platos de porcelana con tenedores de plata, en una retrospectiva que muestra el trabajo de 10 (9) años de esculturas en Europa y bajo la sensación de abandono que algunas veces le significa a alguien ser un ciudadano del mundo.

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