Montañas

En la búsqueda de nuevos rumbos y paisajes, Felipe Bonilla, artista plástico bogotano, decide, a finales de 2013, aceptar una invitación para dictar unos talleres de dibujo en La Guajira. Allí, en medio de un paisaje inhóspito cercano a la mina del Cerrejón resulta maravillado con una pequeña colina que desaparece poco a poco con el pasar del tiempo. Esa imagen, entre poética y apocalíptica, que retrata a la vez el tiempo detenido de la naturaleza y los ritmos vertiginosos de la sedimentación, se vuelve el motor de una serie de dibujos hechos con carbón vegetal, gasolina y petróleo. Vemos un hoyo de líquido negro que parece un universo en medio de un volcán, una explosión de partículas que se esparcen en el papel, una roca que parece una reliquia, unos cielos estrellados y unas topografías que parecen impulsarlo a seguir viajando por diferentes regiones del país.

Tras la Guajira, Valledupar y su cerro Besotes, una reserva natural en forma de herradura que hace parte del macizo de la Sierra Nevada de Santa Marta y que se caracteriza por unas pendientes tan pronunciadas que se asemejan a empinados acantilados. Allí, a pesar de las dificultades de adentrarse en la naturaleza, Felipe retoma sus dibujos y produce una bella animación cuadro a cuadro en donde la sombra de las nubes se desliza sobre la piel de la montaña. 

Luego vendría Medellín, sus vistas desde Moravia y las lucecitas encendidas en medio de la noche como si se tratara de un pesebre. Sin duda otro tipo de montaña, la que acoge el ruido, el movimiento de la gente y los mapas de una urbe. Y así sucesivamente en una deriva expectante que no hace sino ampliar tanto el reconocimiento del territorio como su práctica artística.

Volver