Cosmopolis

En tiempos convulsos y ruidosos como los de hoy, en el que cada instante trae consigo una nueva urgencia –catástrofes naturales, ataques terroristas, conspiraciones políticas, protestas civiles, crímenes penales y un largo etcétera de tristísimos sucesos que apenas y alcanzamos a entender–, el llamado a usar nuestra inteligencia colectiva resulta vital. Esta expresión, acuñada a principios del siglo XX en el mundo de la biología, se refiere a cómo cualquier ente u organismo vivo, por más mínimo que sea, tiene la capacidad de cooperar con otro, intercambiar información, aprender y evolucionar en pro de un objetivo común. Hoy, cien años después, los ciudadanos del mundo, como lo afirma el filósofo Pierre Lévy en su libro del mismo nombre, debemos aprovechar que estamos interconectados de muchas maneras, para ampliar nuestro conocimiento y apoyarnos los unos con los otros: “El papel de la informática y de las técnicas de comunicación de soporte numérico no es el de ‘reemplazar a la humanidad’ ni de acercarse a una hipotética ‘inteligencia artificial’, sino de favorecer la construcción de colectivos inteligentes en los que las potencialidades sociales y cognitivas de cada cual puedan desarrollarse y ampliarse mutuamente.”

Y bien, ese es el subtítulo del nuevo proyecto bienal Cosmopolis Nº1, inaugurado el pasado 18 de octubre en el Centro de Arte y Cultura Georges Pompidou de Paris y el cual reúne a 14 colectivos artísticos de diferentes partes del mundo que trabajan a partir de estas lógicas. Curada por Kathryn Weir y su equipo, Caroline Ferreira, Charlène Dinhut, Ilaria Conti y Elli Buttrose, esta plataforma, que irá hasta el 18 de diciembre de este año, incluye a tres grupos colombianos, Arquitectura Expandida, Laagencia y Por Estos días, que actualmente se encuentran en Paris.  

El proyecto general tiene varias apuestas. La primera de ellas es hacer de la galería 3 del museo, un lugar vivo en el que no sólo se muestran obras de arte convencionales, sino que además se involucra al público de manera activa e incluso participativa. La segunda tiene que ver con la inclusión de colectivos artísticos provenientes de lugares que no se consideran parte de los centros del arte mundial sino, por el contrario, de su periferia, mostrando así una intención de apertura de parte de la institución hacia nuevos territorios e ideas transculturales. Y la tercera, tal vez la más ambiciosa, implica hacer del museo un laboratorio desde el que se pueden pensar unas nuevas dinámicas políticas, sociales, culturales e incluso económicas que, en el mejor de los casos, sean aplicables o tengan un impacto en el mundo real y sus distintas comunidades.

Tuvimos la oportunidad de hablar con Los integrantes de Por estos días y preguntarles sobre la exposición y su experiencia con esta apuesta.     

¿Cuándo los invitaron a participar en este proyecto y cómo fue el proceso de conversación con el Museo, previo a la exposición?

La invitación nos la hicieron más o menos hace dos años, en el 2015. Nos enviaron un correo para informarnos que una persona del Pompidou venía a Colombia porque estaba haciendo una investigación. Nos preguntaron si la podíamos recibir. En ese momento no sabíamos nada de Cosmopolis. Entonces la recibimos, como siempre hacemos con nuestros visitantes, en la cocina de nuestra casa en el barrio Belén. Le contamos un poco lo que hacíamos, hablamos de varios proyectos y entre esos nombramos La Faltante. Y justo ahí, cuando le mostramos las revistas, Kathryn Weir, directora del departamento de Desarrollo Cultural del Pompidou, que era quien había venido junto a Charlène Dinhut –curadora invitada–, quedaron en shock y dijeron: “¡esto es!”. Entonces la conversación giró completamente y nos dijeron que querían hacer una de estas en Francia. Luego fue un año largo de correos, entendiendo qué era Cosmopolis, hablando de la Inteligencia Colectiva y entendiendo que detrás de esta iniciativa había toda una nueva línea de acción desde del museo.

¿Me pueden contar de qué se trata La Faltante?

Aunque empezó siendo un encuentro de dibujo, luego de un tiempo, entendimos que La Faltante era un proyecto editorial. Lo que hacemos es continuar –simbólicamente- una colección de revistas incompletas que pedimos prestadas o que buscamos en diferentes lugares. Nos sentamos a leerla y analizarla para luego, con los participantes, interpretar el contenido y hacer una propuesta gráfica a partir de elementos muy básicos, todos manuales. Algunos realizan la portada, otros el índice, los artículos y, posteriormente, en un proceso análogo de edición, tratamos de darle un orden y una narrativa. Acá lo estamos haciendo con la revista francesa de la Nouvelle Vague, Cahiers du cinema. Una de las partes más lindas del proyecto fue la pesquisa por toda la ciudad, yendo a librerías de barrio, a bibliotecas públicas, preguntando a vendedores en la calle y a conocidos que nos fueron ayudando a reunir buena parte de las ediciones originales. Ya en el museo tratamos con los asistentes de ir creando esa edición “simbólica” que falta y que viene a completar la colección. Por eso La Faltante.

¿De la idea inicial a lo que está pasando estos días en el museo hay mucha diferencia?

El proyecto como tal, antes de la exposición, no cambió. Era un proyecto compacto y con metodologías muy claras y pre-establecidas. Pero una vez llegamos acá –lo cual era importante para nosotros, el hecho de venir acá, para reunirnos con la gente a dibujar, conversar y leer entre todos–, sí nos tocó cambiar un poco el formato. Al ser un tiempo largo de residencia entonces no hacemos una revista por día, sino que la hacemos en 4 sesiones. Nos estamos acoplando a las formas y los tiempos de la institución. Esto se hace en el marco de la programación de actividades de la exposición, en medio del trabajo de los demás colectivos. Todo pasa en la sala amplia del primer piso del Museo, que está llena de ventanas y que tiene una conexión relativa con el exterior.

¿Cómo creen que su trabajo o ustedes se alinean a esa idea de Cosmopolis y de inteligencia colectiva?

Acá entendemos Cosmopolis como una ciudad utópica, como un lugar por construir. Algo que tiene que ver con el futuro, con un lugar imaginado de trabajo colectivo y de engranaje internacional. Diría que es la construcción de una región que está intentando poner a discutir los temas de la programación: herramientas y estrategias, Mundialización y relaciones, Saberes autóctonos, Identidad y Bio-política, Hospitalidad y cosmopolitismo, Traducción Cultural, Saberes compartidos, Economías alternativas y Ecología y descolonización. Y hay una clara diferencia entre los 3 colectivos que estamos acá. Por estos días tiene un perfil más doméstico y presenta un proyecto editorial, análogo. Arquitectura Expandida tiene una consciencia de la arquitectura en espacio público y las implicaciones de ésta en la sociedad. Por eso mismo vinieron acá por 5 meses. Y el perfil de Laagencia es pedagógico y conceptual, como un grupo de estudio. En ese sentido, cada uno aporta lo que sabe.  Lo que resulta extraño es que nos hemos dado cuenta que resulta como una representación, una ilustración de cómo trabajan los colectivos en su región pero que, irónicamente, aquí no necesariamente logra engranar de forma natural.  

¿Cuál es la mayor dificultad y la mayor virtud de trabajar en colectivo? 

Lo bueno es que la responsabilidad se comparte y la idea de autoría y del artista-autor se replantea. Lo cual para el arte es muy interesante. También se dividen labores y se aprovecha la virtud de cada cual. Cada uno trabaja en lo que es bueno y así se brinda confianza. Lo más difícil es seguir siendo amigos y que las relaciones no se desgasten. La amistad en muchos de los casos es puesta a prueba y entra en crisis. Eso es lo más delicado. La convivencia intensa, incluso con alguien que uno aprecia mucho, siempre va a traer problemas.

¿Cómo ha sido la conversación, intercambio y discusión tanto con el museo como con los otros colectivos?

Sentimos que Cosmopolis es una plataforma y un espacio de encuentro que, incluso para el Pompidou, es totalmente nuevo ya que no están exponiendo obras sino proyectos. Y estos están muy ligados a lo que hacen las personas. Entonces el factor humano y la convivencia se vuelve fundamental en la exposición. A su vez la programación está muy viva y todos los días hay grupos de estudios, talleres, performances, cine, conciertos, etc. Intentan generar un lugar que sea más amigable con el público. De ahí se han derivado varias discusiones sobre la hospitalidad, que es algo fundamental. Porque irónicamente lo que pasa es que este espacio no necesariamente es el más cómodo en términos sociales y de hospitalidad, pero si en su espacialidad, en su tamaño y recursos. Incluso desde la curaduría se han dado unas peleas fuertes para poder servir café en la sala, que hace parte de uno de los proyectos. El espectador no lo sabe, pero internamente son pequeñas luchas. Pero lo más interesante es el intercambio con los demás colectivos. Nos da mucha emoción poder saber qué están haciendo en Rusia, en China, en Sur África. Por ejemplo, teníamos muchas ganas de conocer a las dos chicas de Pakistán. Y lo hicimos. Hubo un click inmediato. Y en sólo 4 o 5 días forjamos una relación muy intensa, una amistad. Para nosotros eso es un logro gigante.

¿Me pueden contar un poco sobre los demás colectivos y lo que estos están haciendo en el Museo, tal vez tener una sensación general?

Desde Viet Nam Art labor abrió un café de hamacas como los que se ven en sus carreteras, en el que los visitantes pueden degustar café y compartir saberes. Chimerunga, que es una plataforma editorial con actividades de comisariado, radiodifusión y creación de Sur Africa, está interviniendo el Bar La Colonie, con su proyecto radial Estación Espacial Pan Africana. El colectivo ruso Chto, que significa ¿Qué hacer?, hizo una instalación que muestra su investigación sobre las propuestas de política comunitaria llevadas a cabo en Chiapas México, siguiendo los lineamientos de Emiliano Zapata, en pro del reconocimiento de las luchas por la autonomía de los pueblos indígenas de la región. La organización Council, colectivo local (Francia), imprimió un periódico que da a conocer el trabajo de unos abogados que ponen en cuestión el concepto de lo “antinatural” y defienden la libertad en las decisiones sexuales de cada individuo. Desde Argentina los Iconoclasistas demuestran cómo la cartografía y los mapas son una herramienta para expresar un punto de vista político. Lo hacen, en esta ocasión, a partir de un mapa y un afiche que señalan cuál es el estatus de la mujer campesina y agricultora en áreas rurales argentinas. Invisible Borders, fundado en Nigeria, utiliza los Viajes de carretera, en inglés Road Trips, como metáfora, pero también como experiencia real para ampliar saberes, memorias y experiencias. Acá exponen una serie de fotografías, textos y videos que resultaron de un último viaje realizado en 2016 por todo Nigeria para entender las consecuencias del arbitrario trazado político que hicieron los británicos durante la colonia. El tándem denominado Mixrice de Corea del Sur, que usualmente trabaja con inmigrantes, pone en escena The Vine Chronicle, un proyecto que investiga sobre la migración de las plantas. Polit-Sheer-Form Office (China) viene rastreando desde 2005 las diferentes formas de colectividad que existen actualmente. Para el evento proponen 3 actividades que apuntan a realizar actividades colectivas, una de ellas la de usar unas trotadoras tal cual se utilizan en varios parques públicos de la República China. Por su lado Ruangrupa, de Indonesia, que es un grupo cuyos integrantes varían en número entre 6 y 50, instalaron un centro de documentación que recogerá material reciclado del Museo y todo lo que vaya resultando del trabajo de los demás colectivos. Por último, The Tentative Collective de Pakistán, que suelen trabajar con personas del común que nada tienen que ver con el mundo del arte (como pescadores, trabajadores domésticos y amas de casa) hacen un retrato de 4 lugares de la ciudad que responden a la noción de desecho, como un retroceso de la modernidad. Esto sumado a nuestras propuestas. 

Arquitectura expandida, de Bogotá, se define como un laboratorio ciudadano de autoconstrucción del territorio - político, social y cultural- en el que confluyen comunidades, profesionales, niños y, en general, ciudadanos interesados en hacerse cargo de dicha gestión, empezando por su propia calle, manzana o barrio. Lo conforman Felipe González, Ana López Ortego y Harold Guyaux. Entre sus proyectos anteriores se cuentan un cine, centros comunitarios, actividades pedagógicas y lúdicas, viveros y muchas iniciativas más, todas centradas en conectar vecinos y brindarles herramientas para sacarle provecho a su entorno. Acá están trabajando con asociaciones del barrio Clichy-sous-bois, desde el verano, para concebir una serie de herramientas para sus habitantes. 

Laagencia, también de Bogotá, es una oficina de proyectos que promueve la investigación y los procesos híbridos entre arte y educación. Mediante su programa abierto ‘’Escuela de Garaje’’, le apuesta a dar visibilidad a un gran número de iniciativas locales, nacionales e internacionales, cuyos intereses se ocupan en pensar formatos de producción de conocimiento y luego, sus respectivos canales de circulación. El proyecto lo conforman cinco artistas, Diego García, Santiago Pinyol, Mónica Zamudio, Mariana Murcia y Sebastián Cruz. Desde el 2010 han logrado realizar más de 100 proyectos de carácter híbrido. En Cosmopolis ellos están interviniendo y participando todos los domingos, a las 5 de la tarde, en el programa de estudio, o discursivo, como le llaman acá, bajo el tema circulación.

Nosotros, Olga Acosta, Juan Moreno, Alejandra Jaramillo, Juan Restrepo y Jaime Carmona, nos consideramos un grupo de amigos que de forma espontánea nos unimos para hacer cenas, programar películas, hacer charlas, exposiciones e invitar a nuevas personas a unirse, entre muchas otras cosas.

Para que se hagan una idea del espacio, en el centro hay una sala de proyección hecha con unos paneles que forman cubículos donde se pueden ver conferencias o películas. Alrededor está la programación académica y las obras de los distintos colectivos. Se aprovechan ciertas estaciones, como el centro de documentación de los chicos de Indonesia, para realizar nuestros talleres de La Faltante o los encuentros de Laagencia. Al otro lado de esas mesas están las hamacas y posterior a la pantalla está el mapa grande de Los iconoclasistas que se titula: ¿A quién pertenece el mundo?. Hay fotografías y piezas en la pared del fondo, paralelo al ventanal que da al exterior. Aparte está la video instalación gigante de Tentative Collective que funciona como un túnel. Diríamos que Cosmopolis es el punto de fuga del Pompidou, algo extraño para el público natural que acude a ver las grandes colecciones y exposiciones como la de David Hockney, que acaba de culminar. Es algo específico que requiere paciencia. Es parte de lo que están trabajando. En mostrarle al público otras cosas. Sin embargo, surgen problemas de hospitalidad. Por darte un ejemplo, las estructuras para ver los videos, que son de 2 horas aproximadamente, son rígidas e incómodas y el café que se sirve en las hamacas no se puede llevar a las otras estaciones porque tienen documentos. Es una negociación constante con las reglas usuales del museo.   

¿Cómo es la residencia de ustedes allá?

La residencia es lo más interesante del asunto. Estamos en un lugar que se llama Cité Internationale des Arts, a 4 cuadras del Pompidou. Allí compartimos con más de 300 artistas en residencia que vienen a sus propios proyectos, además de los integrantes de los colectivos. Aquí fue donde primero nos reconocimos, incluso antes de la exposición. De hecho, la semana antes de la inauguración decidimos preparar un ajiaco. Sin Huascas, porque fueron imposibles de conseguir aún si designamos a una delegación en el grupo de Whats App –Collective intelligence- que tenemos todos.  Entonces se hizo, quedó delicioso y se acompañó con vino, quesos fermentados, una ensalada que llevaron los de indonesia y Pakistán y ahí nos conocimos todos con todos. Tal vez ahí pasó lo que a veces resulta imposible en el museo.    

¿Qué conclusiones les quedan hasta ahora, en lo que va de la muestra?

Lo primero es que la exposición es una pequeña ilustración, como una representación, de lo que hay detrás de cada uno de esos colectivos. Intenta evidenciar la punta de un proceso mucho más grande que hay debajo. Sin embargo, queda claro que no están en su verdadera condición. También hemos hablado mucho de hospitalidad y cómo el museo de cierta forma no logra ser verdaderamente acogedor. Los Museos son territorios de nadie y volverlos cómodos toma mucho tiempo. Por eso es que se intenta plantear la idea de residencia. También se hace evidente la dificultad en la comunicación, desde algo tan sencillo como el idioma. Porque la programación es increíble y se tocan unos temas complejos, pero al ser tan densos, si no tienen traducción del francés pues resulta difícil de seguir. Aunque ponerse en territorios de difícil comunicación aporta mucho. Nos quedan también ideas de opacidad y términos claves como solidaridad de intuiciones, ideología de la acción, el caos del mundo, el pensamiento de lo imprevisible.

Asimismo, pasa algo curioso y es que a pesar de que se suele hablar de los países de origen de los colectivos como países en vía de desarrollo, los mismos curadores coinciden en que son los países europeos y del primer mundo los que están en esa posición. Y de cierta manera, en estos temas es cierto. Ya que, mientras para ellos todas estas son ideas novedosas, para nosotros son más que normales. Llevamos hablando de esto y haciendo las cosas así por iniciativa propia desde hace mucho tiempo. En un evento pasado en Medellín, como el MD15, Historias locales/Prácticas globales, ya habíamos incluso digerido todas estas discusiones. Entonces nos sorprende esa sorpresa del otro. De todas maneras, Cosmopolis no puede pensarse como un punto de llegada sino por el contrario, de partida. Como una semilla. Un lugar donde prime, por delante de todo, la política del afecto.

 

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