ARTBO 2018

Desde el próximo jueves 25 de octubre hasta el domingo 28 estaré mostrando la obra Historia Crediticia (1976-1974)*, que hace parte del proyecto Archivo Muerto. ARTBO 2018 | Lokkus Arte Contemporáneo | STAND A2
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From next Thursday 25 October to Sunday 28 I will be showing the work Credit History (1976-1974)*, which is part of a larger project called Retention Files. ARTBO 2018 | Lokkus Contemporary Art | STAND A2

* Colección de 85 portadas y 20 avisos publicitarios originales de la Revista Diners (Colombia) intervenidos con pintura acrílica | A collection of 85 covers and 20 original advertisements of the Diners Magazine (Colombia) intervened with acrylic paint.

 Historia Crediticia (1976-1994)
Acrílico sobre portadas originales de la Revista Diners (Edición Colombia)
105 piezas enmarcadas en marco gris brillante, de 21 x 23 cm cada una, sobre pared de color.
Tamaño total de la retícula: 340 x 180 cm
2018

En 1949, en un restaurante de Nueva York, el empresario Frank McNamara se vio en apuros cuando al final de su cena con unos clientes se dio cuenta de que no traía su billetera para poder pagar. De ahí le surgió la idea de crear un producto financiero, una tarjeta personal que, además de funcionar como garantía del poder adquisitivo, evitaba el uso constante de dinero en efectivo y brindaba a los comensales la posibilidad de diferir su pago en el tiempo. Así nació la franquicia Diners Club International, una tarjeta de crédito independiente de los bancos, enfocada originalmente a usarse en gastos de viaje y entretenimiento. Fue tal el éxito de la compañía que ésta se expandiría globalmente, operando en alrededor de 60 países, incluido Colombia, en donde llegó en 1962 tras la gestión de otro empresario, Ernesto Carlos Martelo. Según la propia franquicia colombiana “al día de hoy son 410.000 socios los que disfrutan de los privilegios de la tarjeta, en más de 100.000 establecimientos afiliados”.

Más que ser una simple tarjeta, la marca se ha concentrado en transmitir la idea de que los “socios” de este club, y poseedores del plástico, hacen parte de un grupo reducido de personas con privilegios exclusivos y cuyo estatus social les permite acceder a bienes y servicios de lujo. Parte de esa estrategia consistió, y consiste aún, en editar una revista para sus clientes (por suscripción) la cual lleva el mismo nombre y en donde, en medio de publicidades de marcas de alta gama, se pueden leer artículos sobre política, negocios, destinos turísticos y lo que aquí nos interesa, arte y cultura. Durante 30 años, desde 1963, que fue cuando se imprimió la primera edición, hasta mediados del año 94, la revista tuvo exactamente el mismo formato (21x 23 cm). En ella se reseñaba algún(a) artista contemporáneo a la publicación –en su gran mayoría colombianos–, y también se reproducía una imagen de su obra en la portada. Como complemento a esta iniciativa se fundó, en los años 80, la también galería Diners, en donde exhibieron muchos de los artistas referenciados en la revista, hasta su cierre a principios del año 2002, tras el fallecimiento de su directora Ellen Riegner. Alejándonos de la historia original de la tarjeta y enfocándonos en el alcance que tuvo tanto la revista como la galería, en términos de difusión, circulación y exhibición de artistas en Colombia, se reconoce que fue una labor de gestión clave para desarrollar la escena del arte en el país. De ahí que, en 2003, se les concediera por parte del Ministerio de Cultura, la Medalla al Mérito Cultural.

Sin embargo, tomando distancia y viendo esto en retrospectiva, es difícil no evidenciar que más del 80 por ciento de los 300 artistas que allí aparecieron mes a mes –que ya eran de por sí unos pocos– lamentablemente desaparecieron de la escena artística y poco o nada se habla sobre ellos o su trabajo. Esto probablemente debido a decisiones personales o a cierta justicia histórica, pero, sobre todo, me arriesgaría a afirmar, porque irónicamente la gran mayoría no tuvo cómo seguir pagando sus cuentas y sus créditos. Dicho en otras palabras, su práctica dejó de ser económicamente viable y sostenible. Y es justo ahí, en esa paradoja, en esa tensión entre el arte visto como un elemento de decoro de una clase social privilegiada que accede fácilmente a un crédito para satisfacer sus deseos suntuarios, y la actividad vital y profesional del artista, donde se ubica esta obra. Un pequeño archivo de 105 imágenes, intervenidas con acrílico, y que funcionan como fuente para entender y evidenciar la relación, a veces perversa, a veces necesaria e inevitable, entre el arte, las entidades financieras o de inversión, las clases altas de la sociedad y los bienes y mercancías exclusivos. Volviendo a la contradicción, y recordando los “apuros” de McNamara en la anécdota inicial, esta pieza juega un doble rol: el de documento para entablar una conversación en el tiempo y reconocer un momento de nuestra historia del arte; pero también, el de instrumento crítico para evidenciar los desequilibrios y precariedad inherentes a un medio artístico que aún hoy, se desarrolla y convive entre la crisis y el deseo.