Entrevista a Balkrishna Doshi


El pasado 22 de mayo murió, a sus 95 años, el arquitecto Germán Samper. Reconocido por sus valiosos aportes a la consolidación de la arquitectura moderna en Colombia, fue uno de los llamados discípulos de Le Corbusier, con quien trabajó entre 1948 y 1953 en su estudio en la ciudad de Paris. Allí entablaría una amistad con el arquitecto indio Balkrishna Doshi, reciente Premio Pritzker de Arquitectura (2018). A pesar de la distancia permanecerían en contacto durante toda la vida. Quisimos hablar con él para que nos contara cómo se conocieron, cómo fueron esos años en Paris, el regreso a sus países de origen y cómo adapataron el pensamiento modernista aprendido con Le Corbusier en una vocación humanista que ha transformado a sus respectivas sociedades. 


En el canal de Youtube A otro Tempo, donde Germán Samper a sus 95 años y por 8 meses alcanzó a narrar anécdotas sobre su vida y su carrera como arquitecto, le dedica a usted dos episodios. En el primero de esa serie cuenta cómo usted se le acercó de manera “osada”, en medio de un Congreso Internacional de Arquitectura Moderna realizado en Londres en 1948, para mostrarle sus dibujos y, acto seguido, preguntarle si era posible hacer parte del equipo de Le Corbusier, con quien él ya trabajaba hace un par de años. Sin embargo en el texto La historia del Acróbata y sus dos discípulos, publicado en el libro antológico Samper (2011), usted narra que fue él quien lo abordó en ese evento para saber más sobre la India. ¿Nos puede contar de nuevo cómo se conocieron por primera vez?    

Te puedo contar (risas). Yo estaba quedándome en Londres en ese momento y alguien cercano mencionó el evento, una conferencia internacional de arquitectura. Yo no sabía que eso estaba transcurriendo. Sin embargo, me emocioné tanto que llamé a uno de los organizadores y pude conseguir entradas para la semana siguiente. Por cosas del destino y de la suerte, cuando estaba a punto de entrar al lugar, un señor se acercó a mí y me preguntó: ¿tú eres de La India? Yo le respondí: “Sí, mi nombre es Balkrishna Doshi”. Y él me respondió: “Yo soy Germán Samper y quiero hacerte una pregunta, puedes contarme cuál es el significado de Chandigarh”, refiriéndose a la ciudad al norte de India cuyo plan urbano estaban diseñando en el estudio de Le Corbusier en Paris y de cuyo equipo él hacía parte. Entonces le conté que Chandi o Chandika se refería a la Diosa del bienestar y de la cultura. Le Corbusier era uno de los invitados especiales al congreso. Y aunque hubiera querido abordarlo directamente a él no fui capaz. Yo era muy tímido. Entonces le dije a Germán que si quería probar una típica cena India. Al día siguiente fuimos a un restaurante y allí le mostré mis dibujos. Luego, casualmente en medio de la conversación, le pregunté si él creía posible que yo trabajara en la oficina de Le Corbusier. A lo cual me respondió que iba a tener que escribirle una carta directamente al maestro, a mano, y enviársela por correo. Me dio la dirección y me aseguró que él me iba a responder. Una vez en India le escribí y envié la carta. Luego recibí de vuelta una respuesta donde me ofrecía hacer una pasantía no paga de 8 meses. En vez de responderle a él o a Samper decidí empacar mis maletas y llegar directamente al estudio en Paris. La travesía fue muy difícil porque yo no tenía mucho dinero, ni sabía el idioma. Pero de alguna manera encontré la oficina y cuando presioné el timbre salió Pierre Jeanneret, uno de sus estrechos colaboradores, quien me miró sorprendido. Le expliqué que era Doshi de la India y le mostré la carta. Entonces fue adentro y buscó a Germán. Él salió y cuando me vio, no lo podía creer. Si tú nunca respondiste, me dijo. Entonces fue a la oficina de Le Corbusier, le explicó que yo estaba allí afuera con mi abrigo y mis maletas. Éste le dijo que si ya había llegado hasta ahí pues que me hiciera entrar. Incluso ese primer día Germán reservó para mí la habitación de un pequeño hotel a unas cuadras del teatro del Odeón, muy cerca de la 35 rue de Sévres y me dejó instalado hasta el siguiente lunes.  


¿Podría describirme un poco de la rutina durante esos primeros meses, en especial junto a Samper? Tanto en la oficina como en la ciudad misma.

Fue con quien más compartí ya que la mesa que me asignaron estaba justo al frente de la suya. Además, él era el único que se atrevía a hablar un poco de inglés. Se volvió como mi tutor e intérprete en el día a día del estudio. Solía guiarme para resolver dudas de dibujo o de diseño y a la vez me traducía todo lo que yo no entendía. Yo quería saberlo todo, hacer parte de cada conversación, mirar detalles e integrarme en todo lo que se discutía en la oficina. En ese momento él ya estaba trabajando en Chandigarh y como era mayor que yo y había llegado 3 años antes, entendía muy bien todo el proyecto. Específicamente sobre el paisajismo, es decir cómo se ven las calles, la arborización, el ancho de la alzada, qué tipología de edificios debían ir y por dónde. Además, también tenía a su cargo el edificio del Secretariado que era uno de los más importantes. Sin embargo, lo que más aprendí de él fue a hacer trabajo sistemático. Entonces mientras él trabajaba, yo observaba. Veía y luego dibujaba como él. Entendía su manera de problematizar y resolver un plano. En ese sentido, Germán no sólo fue mi colega, sino que se convirtió en un profesor indirecto. Luego me introdujo a Paris y junto a Yolanda, su esposa, de cierta forma me apadrinaron. Estaban pendientes de que estuviera bien, íbamos a almorzar o a comer, a alguna fiesta, a conciertos. Recuerdo también asistir a inauguraciones y a eventos artísticos. Yo por mi lado trataba de involucrarlos con la poca comunidad India que conocía. Nos volvimos muy amigos. Tengo mucha gratitud aun cuando fueron meses duros y de austeridad. Ellos lo hicieron mucho más llevadero. Entonces no fue solo conocerlo en Londres sino que gracias a él yo fui admitido a trabajar en la oficina de LeCorbusier. Ese fue el inicio de mi carrera. Germán cambió mi vida completamente.


Hacia 1953, Samper, tras trabajar 5 años en el estudio de Le Corbusier y hacer parte de 13 proyectos, decide volver a Bogotá. Usted hace lo propio 3 años después. La diferencia es que usted vuelve directamente a supervisar algunas de las obras en Chandigarh mientras que Samper no pudo ver realizado el Plan Director de Bogotá, en el cual había trabajado. ¿Hablaron al respecto? ¿Cómo vivieron esa transición y cómo adaptaron el pensamiento moderno aprendido junto a Le Corbusier, pero en sus distintos contextos?

Una de las cosas en la que los dos coincidimos y hablamos durante ese tiempo era sobre un sentimiento y una necesidad de hacer algo para nuestros países. Cómo las cosas se debían adaptar a nuestra cultura, a nuestra economía, a nuestro estilo de vida, a nuestro clima. Era una visión idealista. Esto es realmente importante y nos daba mucho para pensar. Cada cual desde su propia visón y lugar de origen. Nuestras discusiones en los almuerzos o en cualquier otro momento eran acerca de cómo hacer que la arquitectura estuviera al servicio de la gente, que es quien la vive, la experimenta y la necesita diariamente. Él insistía en que era imposible vivir en Colombia, ser arquitecto e insensible al hecho de que el 70% de las viviendas se construyen sin planificación, en zonas urbanas precarias. Entonces aunque él llegó a Bogotá y se unió a una oficina con socios reconocidos e importantes, en su interior, profundamente, lo que realmente le interesaba eran esas personas del común, sus estilos de vida, su cultura y sus hábitos. Nuestros países además estaban creciendo. La arquitectura moderna no existía, no estaba ahí. Era solo el principio de decir: déjennos hacer algo para nuestras ciudades, algo para nuestras culturas. Déjennos expresarnos. Déjennos buscar todas esas cosas sobre las cuales se cimienta nuestra ideosincracia, déjennos entender, procesar y aplicar lo que Le Corbusier nos enseñó, déjennos entender qué más se está haciendo en el resto del mundo. Esa era nuestra apuesta y una de las conversaciones más importantes que tuvimos. Con respecto a los planos de Bogotá, nunca supe muy bien qué pasó. Alcancé a ver los planos, con comentarios de varios de los que trabajaron en él, pero nunca entendí aquel malentendido. Pero lo que realmente importa, la gran contribución de Samper es que estaba preocupado por las personas, que tenía una consciencia social y humanista y por eso intentó a través de la arquitectura cerrar brechas sociales. La verdadera relevancia de lo que hacemos radica en qué tan útil e importante es para las personas. Si yo como arquitecto no puedo hacer algo por mi gente y proporcionarles lo que necesitan, entonces debo decir que mi trabajo está incompleto.  


Efectivamente ambos dedicaron gran parte de su tiempo y energía a hacer proyectos de carácter social, entre ellos complejos de vivienda para personas de bajos recursos quienes tenían la posibilidad de seguirlos completando y adaptando a la medida de sus recursos y posibilidades. Pienso en el barrio La Fragua en el caso de Samper y en su proyecto para la aseguradora de vida en Ahmedabad.     
 

Sí. Cuando yo estaba haciendo los proyectos de vivienda en la India yo le contaba que mi mayor preocupación era entender cuál es el estilo de vida de las personas, por dónde circula el aire, que materiales se usan en la región. Todas esas discusiones iban y venían Debes preguntarte cuales son las sombras del lugar, dónde se reúnen las personas, cómo son las estaciones, la temperatura. Todas esas cosas eran parte de nuestro lenguaje en común. Y esto va a pasar tanto si estás en Sur América, en África o en India. Recuerdo que  él me envió el libro sobre su proyecto de vivienda. Yo estaba fascinado con la manera como se aproximaba a los casos. Yo pienso que uno no está construyendo simplemente casas sino lugares donde vive una comunidad feliz. Luego, si empoderas a esas personas lo que sucede es que ellas van a generar valor para sí mismas y para la sociedad. Nuestro trabajo es para todos los estratos de la sociedad, no solo para la élite sino también para los grupos de ingresos medios y bajos. Y no hay que olvidar que no sólo fueron sus proyectos de vivienda sino todo lo relacionado al medio ambiente, que fue otro de sus grandes aportes. Entonces a pesar de la distancia y de que proveníamos de contextos sociales distintos pensábamos de manera similar. Eso es lo que finalmente importa.  


Cuando lo oigo hablar a usted y lo oía hablar a él encuentro que ambos tenían personalidades similares. Se siente mucha humildad frente al trabajo y una distancia con el estereotipo del arquitecto “superestrella”. 

Así es. Nos identificamos con la modestia de las escalas, o mejor, con la escala adecuada o apropiada. Esa era nuestra intención todo el tiempo. Entonces no se trata de hacer algo grandilocuente, monumental, sino algo que sea significativo y pertinente. Y hablar de pertinencia es hablar de accesibilidad económica, de viabilidad, de sentido de pertenencia, de la escala que sirve a las personas, a su espíritu y a sus propósitos de vida. Efectivamente desde que lo conocí a él y a Yolanda me encontré con personas muy humildes, sencillas y cuya mayor preocupación era la gente. Él solía tocar guitarra y dibujar. Era una persona tranquila y muy familiar. Eso también nos unía. Ambos tenemos familias grandes y hemos construido fuertes lazos, que son similares entre las dos culturas.


En 1960, gracias a una beca él tiene la oportunidad de viajar a Japón, invitado por Takamasa Yoshizaka, para asistir a otro congreso internacional de arquitectura. Y decide, de vuelta, hacer una parada en su casa ¿Cómo fue esa visita?

Germán me escribió una carta contándome de su viaje y me preguntaba si lo podía recibir por unos días y yo lo dije: “claro, ven y aquí ya veremos cómo nos acomodamos”. Entonces estuvo aquí algo más de una semana. Yo en esa época estaba viviendo en una casa muy pequeña, con mi suegra, mi hija menor y mi esposa. Era una casa austera, típica de la India con 2 espacios y medio. Una habitación principal, la sala y lo que aquí llamamos una Veranda, que es como una terraza pequeña al aire libre. Él no tuvo ningún problema en dormir ahí. Era fresco y hacía muy buen clima. Yo también quería que él tuviera una experiencia auténtica. Entonces íbamos y veníamos todo el día, paseamos, visitamos muchos de los monumentos y edificios antiguos y él quiso ver también los proyectos en los que yo estaba trabajando en ese momento. Me di cuenta que a todas partes llevaba su cuaderno de apuntes. Siempre estaba dibujando. Todo lo que vio lo dibujó de manera bellísima porque era un gran artista. No solo un gran arquitecto sino un gran artista. Muy sensible.


¿Después de eso, se volvieron a ver en persona? ¿Hablaban continuamente?

Lamentablemente no nos vimos de nuevo sino hasta el año pasado. Casi 60 años después. Yo le envié una carta invitándola a la ceremonia de premiación del Premio Pritzker que me acababan de otorgar. Esta vez el evento se realizaría en Toronto. Nunca pensé que viniera. Verlo allí, con Yolanda y con su hija, fue un momento muy conmovedor. ¿Cómo puede alguien a los 95 años tomar un avión y hacer esa travesía para ver a un amigo? Y nunca me avisó, sólo viajó. Como yo cuando llegué a Paris. Nos vimos muchas veces durante eso breves 5 días, usualmente a la hora del desayuno, en el hotel. Él no sólo estaba feliz de estar allí, sino que además me escribió una carta bellísima donde hacía un recuento de muchas de las cosas que habíamos vivido. Fue el mejor regalo. Yo creo que pocas personas hacen eso. Sólo llegar.


¿Tendrías unas últimas palabras, para él y su familia?

Creo que si hay alguien a quien admiro dentro de los discípulos de Le Corbusier es precisamente a Germán Samper. Por la humildad, la simplicidad, el amor y la compasión. Creo que un verdadero amigo no habla mucho, sino que actúa. Estoy contento porque aunque hubiera querido que viviera otra década su legado permanecerá vivo por un muy largo tiempo.  

 

Volver