El arte de hacer arte

No existe actividad más ociosa en el mundo, que dedicarse a hacer arte. Conceptuales, formales, pragmáticos, colaborativos, participativos, teóricos o anarquistas, todos los artistas, parecen compartir esa misma capacidad inigualable de administrar, de alguna forma, lo que llamamos tiempo libre. Son todos, por decirlo de otro modo, “procrastinadores” profesionales. Aún así, y por fácil que lo parezca, hacerlo es todo un arte.

Se requiere, primero que todo, de tiempo libre. Días enteros de no tener que hacer absolutamente nada y en los que lo único interesante para hacer es pensar. Pensar el mundo, pensar al individuo, pensar la sociedad, pensar el arte. Lo difícil del tiempo libre es que nadie lo paga. Todo en este mundo se puede comprar, menos eso. Así que se requieren de peripecias secretas para acceder a esa cosa aletargada en la que no caben las preocupaciones, ni mucho menos las ocupaciones, que son las únicas pagas. De conseguirlo, mitad del problema estará resuelto. Sin embargo, en el proceso, se corre un riesgo inmenso: “echarse a perder”. Porque el tiempo libre, de acuerdo a los clichés impuestos por la sociedad, trae consigo ciertos pecados casi capitales, como lo serían, la pereza -madre de todos los vicios-, la depresión –de no estar haciendo nada- y la impaciencia –de querer que todo suceda al instante-.

Lo segundo tiene que ver con una enfermedad casi patológica e insufrible, que consiste, básicamente, en hacer de casi todo un posible proyecto. Artístico o no, el hecho de ser un proyecto parece garantizar que no se está perdiendo ese valioso tiempo libre, que con tanto esfuerzo y dedicación se ha conseguido. Esta dolencia, continua, indolora pero molesta, hay quienes la tienen y quienes no. Los que la tienen se dedican al arte, los que no, a algún trabajo con salario. Sin embargo en ambos casos no es más que un arma de doble filo. Ya quisieran los artistas que la vida les pasara por encima sin darse cuenta ni preocuparse por nimiedades fruto de la constante reflexión, y por el otro lado, qué no darían los empleados por tirar su rutina por la borda y dedicarse a administrar el tiempo de ocio. Tengo por ejemplo una amiga abogada, de cepa, rosarista, autoproclamada nerd, quien a pesar de acceder a empleos envidiables, no ve el día de asumir la escritura como ocupación y el arte como imposición. A ella se le suma un amigo de la escuela, ingeniero industrial, cansado de trasladarse a diario a la misma empresa para cumplir con sus labores y siempre volver a casa cuando se pone el sol, para soñar con el día en el que se dedique de lleno a la fotografía, mientras viaja por el mundo leyendo a sus filósofos favoritos. Por el contrario, un colega artista tal vez hubiera preferido nunca descubrir que cada hoja seca que se suspende por largo tiempo en el aire, es la más bella imagen en movimiento que se puede ver jamás. Ahora el tipo no puede dormir, nada le parece insignificante y le cuesta adaptarse al vaivén de la vida habitual. Lamentablemente un gran abismo de hipersensibilidad lo separa ahora del mundo real.   

Y si hay alguien que ha comprendido todos estos problemas y que ha capturado la esencia de lo que con tanto esfuerzo estoy tratando de decir, es el artista e ilustrador escocés David Fullarton, en especial, con su proyecto What I do at work when I am supposed to be working. Siguiendo la esencia crítica y divertida de su trabajo, Fullarton -actualmente residente en San Francisco-, construye toda una serie de pequeños trabajos con papelería de oficina, resaltando entre líneas lo que significa ser artista. Collages, dibujos y muchos textos le ayudan a recrear de forma irónica lo que se vive en el castrante espacio de una oficina y la fuerte relación que hay entre hacer arte y “perder el tiempo”.  Porque es obvio que quien decide dedicarse a ser artista está siempre en esa encrucijada de ver su trabajo como algo útil que genera conocimiento, o simplemente como un acto simbólico de resistencia frente al sistema. Aquí, a través de palabras breves, ejercicios monótonos, alusiones mecánicas y gráficas sistemáticas, la respuesta queda de nuevo abierta. E incluso, me hace pensar que el artista está más cercano de un oficinista frustrado, que de un gran pensador iluminado. Al final ambos viven a través de una serie de códigos y de hábitos que son los que les permiten realizar sus tareas y cumplir con aquello que es importante para cada cual, bien sea por la presión de un jefe, o por el ingrato placer de generar una obra. Así, el ocio se convierte en un arduo e inoficioso trabajo, y la disciplina, en una metódica rutina. Es ése, sin temor a equivocarme, el arte de hacer arte.  

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